Luego fue su segunda tarea combatir con los ilustres sólimos —la batalla más dura que jamás libró, según declaró— contra hombres; y luego dio muerte —su tercera hazaña— a las varoniles Amazonas.
Luego regresó a Licia; en su camino el monarca tendió una traicionera trampa. Escogió de su amplio reino licio a los hombres más valientes para tenderle una emboscada. Ni uno solo de ellos volvió a casa: Belerofonte, el sin par, a todos los mató.
Y cuando el rey vio que era la descendencia de un dios, lo tuvo cerca, dándole por esposa a su hija, y dividiendo con él todos sus honores reales, mientras los licios apartaron sus campos más ricos —un hermoso lugar, tierras de labranza y viñedos— para que el príncipe los cultivara. Y la que ahora se convirtió en su esposa dio a luz tres hijos al sabio Belerofonte: Isandro e Hipóloco; y, por último, Laodamía, que en secreto dio a luz a un hijo de Júpiter todopoderoso: el semejante a un dios Sarpedón, eminente en las armas.
Mas cuando Belerofonte sobre sí hubo atraído la ira de los dioses, vagaba por los campos Aleos solo, presa de pensamientos que lo consumían, y esquivando todo rastro de la humanidad.
El dios cuya sed de contiendas jamás se sacia, Marte, aniquiló a su hijo Isandro, guerreando contra la ilustre estirpe de los solimios; y Diana, la que guía su carro con riendas de oro, airada dio muerte a su hija.
Soy de Hipóloco; de él reclamo mi origen. Él me envió a Troya con muchos consejos y mandatos, de portarme siempre como un hombre valiente, y esforzarme por sobresalir, y no traer jamás deshonra al linaje del que provengo— el linaje más valiente por mucho en Éfira y el amplio reino de Licia. Es mi orgullo ser de tal raza y de tal sangre.