nuestras armas, el enemigo medita la huida y, vencido por el cansancio a través de la noche, ya no hace guardia”.
Habló; y todos guardaron silencio por un espacio. Pues había uno, entre los jefes troyanos, cuyo padre era Eumedes, del séquito de los venerables heraldos. Dolo era su nombre, y era rico en oro y bronce, deforme de rostro pero veloz de pies, hijo único entre cinco hermanas. Se adelantó entre los troyanos y respondió a Héctor de este modo:—
“Mi osado espíritu, Héctor, me incita a visitar las naves raudas y a conocer el estado de la hueste griega. Mas extiende tu cetro, y atestigua solemnemente a los dioses que tú me darás los caballos y el carro incrustado de bronce, que llevan al ilustre hijo de Peleo. No exploraré en vano, ni defraudaré tu esperanza en mí; pues iré al campamento hasta llegar a la nave de Agamenón, donde los jefes ahora debataten si deben huir o luchar.”
Habló; y Héctor tendió el cetro y juró:
“Sean testigo Júpiter Tonante, esposo de Juno, de que esos bridones no llevarán a ningún otro troyano que no seas tú. Ese honor te lo confirmo a ti solo”.
Él habló. Fue un vano juramento, pero infundió nuevo valor al espía, quien al instante se colgó de los hombros su arco corvo, y se echó a la espalda la piel gris de un lobo, y colocó un casco de piel de nutria sobre su cabeza, y tomó su puntiaguda jabalina, y se apresuró a llegar a la flota griega. Mas su destino era no volver a salir jamás de aquella flota, ni llevar nuevas a Héctor. Pronto dejó atrás a la muchedumbre de hombres y corceles, y prosiguió con anhelo su camino. Ulises advirtió primero su llegada, y habló así a Diomedes:—
—Alguien, Tydida, del campamento enemigo viene, ya como espía, ya a despojar a los muertos. Dejemos primero que nos pase un poco de largo