A este lo hirió Héctor en la cabeza, debajo de la oreja, con su afilado arma, mientras estaba de pie cerca de Áyax; desde la popa de la galera cayó de cabeza al suelo, con los miembros sin vida. Entonces Áyax habló a su hermano Teucro:—
“Querido Teucro, mira, nuestro fiel amigo se ha ido, el hijo de Mástor, de la isla de Citera, a quien habíamos aprendido a honrar por igual que a nuestros propios padres en nuestros palacios.
Cae ante la mano del magnánimo Héctor.
¿Dónde están, pues, ahora tus dardos que traen la muerte, y dónde el arco que Febo te dio?”
Él habló, y Teucro, obediente, acudió apresurado, con su arco curvo y su aljaja llena de flechas, y, deteniéndose cerca de él, lanzó sus saetas contra los guerreros troyanos. Allí hirió a Clito, el preclaro hijo de Pisénor, amigo del ilustre Polidamante, quien presumía de descender de Panteo. Clito sostenía las riendas, guiando los corceles de Polidamante allí donde las apiñadas falanges griegas más vacilaban y se rompían, para así apoyar a Héctor