impulsos de su valor; pues sus miembros se vuelven pesados, la sed y el hambre lo debilitan y sus rodillas le fallan al caminar. No ocurre así con el guerrero bien provisto de comida y vino: combate al enemigo todo el día; un corazón resuelto mora en su pecho; ni el cansancio se apodera de él hasta que todos los demás abandonan el campo. Que ahora el pueblo sea despedido por un tiempo y que se ordene un refrigerio. Que el rey Atrida traiga aquí a la asamblea sus presentes, para que todos los griegos puedan contemplarlos y tú te regocijes al verlos. Que él se levante entre los griegos y preste un juramento solemne de que jamás se ha acercado al lecho de la doncella para reclamar el derecho de esposo. Que así tu corazón quede satisfecho. Y aún más, que el monarca extienda un banquete suntuoso en su tienda para ti, a fin de que tu desagravio sea completo. Y tú, Atrida, serás en adelante más justo con los demás. No deshonra a un rey reparar el daño hecho a aquel a quien ha
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Libro XIX
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