—No llores así por mí, amada mía. Ningún hombre vivo podrá enviarme al Hades antes de que llegue mi hora; ningún hombre nacido de mujer, cobarde o valiente, puede eludir su destino. Vete a casa y ocúpate de tus labores —el telar, la rueca— y ordena a tus criadas que apresuren el trabajo. Las preocupaciones de la guerra corresponden a todos los hombres nacidos en Troya, y a mí el primero.
Así hablando, el gran Héctor tomó de nuevo su yelmo, sombreado por el penacho de crines de caballo, mientras su amada consorte regresaba a casa, mirando atrás a menudo y derramando muchas lágrimas. Pronto estuvo en los espaciosos salones del palacio de Héctor, matador de hombres. Allí encontró a un grupo de doncellas —con todas ellas compartió su dolor—; y todas en su propia casa lloraban al Héctor vivo, a quien pensaban que ya no verían regresar del campo de batalla, a salvo de la furia y las armas de los griegos,
Ni París aguardó en sus altos salones, sino que, cuando hubo vestido sus gloriosas armas, relucientes de bronce, atravesó con rápidos pasos la ciudad; y como cuando un corcel, alimentado con cebada en el establo y habituado a bañarse en un río de corriente suave, habiendo roto su jáquima, retoza alegre por la llanura y, con el orgullo de su belleza, en alto lleva la cabeza y deja que su crin ondeante se extienda sobre sus hombros, mientras sus pies veloces lo llevan hacia donde las yeguas suelen pastar— así el hijo de Príamo—París—bajó desde el alto Pérgamo con sus relucientes armas y, glorioso como el sol, prosiguió su camino exultante y con pies rápidos. Encontró a su noble hermano Héctor cuando este se disponía a marchar del lugar en el que él y su esposa habían conversado. Alejandro entonces— de forma parecida a un dios— se dirigió a su hermano de este modo:—
“¡Hermano mayor! Te he tenido aquí esperando, me temo, por mí, aunque ibas con prisa, y vine menos deprisa de lo que deseabas”.
Y Héctor, de penacho reñidor, respondió:—