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Libro VI

—No llores así por mí, amada mía. Ningún hombre vivo podrá enviarme al Hades antes de que llegue mi hora; ningún hombre nacido de mujer, cobarde o valiente, puede eludir su destino. Vete a casa y ocúpate de tus labores —el telar, la rueca— y ordena a tus criadas que apresuren el trabajo. Las preocupaciones de la guerra corresponden a todos los hombres nacidos en Troya, y a mí el primero.

Así hablando, el gran Héctor tomó de nuevo su yelmo, sombreado por el penacho de crines de caballo, mientras su amada consorte regresaba a casa, mirando atrás a menudo y derramando muchas lágrimas. Pronto estuvo en los espaciosos salones del palacio de Héctor, matador de hombres. Allí encontró a un grupo de doncellas —con todas ellas compartió su dolor—; y todas en su propia casa lloraban al Héctor vivo, a quien pensaban que ya no verían regresar del campo de batalla, a salvo de la furia y las armas de los griegos,

Ni París aguardó en sus altos salones, sino que, cuando hubo vestido sus gloriosas armas, relucientes de bronce, atravesó con rápidos pasos la ciudad; y como cuando un corcel, alimentado con cebada en el establo y habituado a bañarse en un río de corriente suave, habiendo roto su jáquima, retoza alegre por la llanura y, con el orgullo de su belleza, en alto lleva la cabeza y deja que su crin ondeante se extienda sobre sus hombros, mientras sus pies veloces lo llevan hacia donde las yeguas suelen pastar⁠— así el hijo de Príamo⁠—París⁠—bajó desde el alto Pérgamo con sus relucientes armas y, glorioso como el sol, prosiguió su camino exultante y con pies rápidos. Encontró a su noble hermano Héctor cuando este se disponía a marchar del lugar en el que él y su esposa habían conversado. Alejandro entonces⁠— de forma parecida a un dios⁠— se dirigió a su hermano de este modo:⁠—

“¡Hermano mayor! Te he tenido aquí esperando, me temo, por mí, aunque ibas con prisa, y vine menos deprisa de lo que deseabas”.

Y Héctor, de penacho reñidor, respondió:⁠—

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