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Libro XXIII

concurso de corceles era el mayor de todos, y ellos eran dos: uno llevaba las riendas con firmeza y el otro agitaba el látigo. Tal fui yo en otro tiempo. Ahora estas hazañas pertenecen a otros hombres más jóvenes, y yo, aunque antaño fui destacado entre los héroes, debo hacer lo que la triste vejez me aconseja. Ve tú y honra los juegos fúnebres de tu amigo. Tu presente lo acepto de buen grado, regocijándome de que tus pensamientos vuelvan hacia quien te ama y de que no olvides rendirme el honor que me es debido entre los griegos. Los dioses te darán tu recompensa.

Calló. El hijo de Peleo, habiendo escuchado esta alabanza de Néstor, lo dejó y pasó a través de la inmensa concurrencia de los griegos. Puso ante ellos los premios para la difícil pugna entre los púgiles. Hacia el centro del espacio condujo una mula, de seis años y fuerte para el trabajo, indómita y muy difícil de domar, mientras que al vencido asignó una copa. Poniéndose en pie, se dirigió a la hueste:⁠—

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