Estos le daré, con tal que su cólera se enfríe y su determinación ceda. Es Plutón quien es sordo a la súplica y jamás se ablanda, y él, de entre todos los dioses, es el más odioso para los hombres. Ahora que el hijo de Peleo ceda al fin ante mí, que le supero en autoridad y en años.
Entonces le respondió Néstor, el caballero de Gerenia:— «¡Atrida Agamenón! ¡Glorioso rey! No desdeñables dones ofreces al príncipe Aquiles. Enviemos ahora una embajada selecta que parta de inmediato hacia donde el Pélida tiene su tienda. Yo nombro a los hombres, que con agrado cumplirán el deber: Fénix, querido de Jove, será su guía; el poderoso Áyax después, y luego el noble Ulises; dos heraldos los seguirán: Hodio y Euribates. Y tráigase ahora agua para purificar nuestras manos, y dése orden de que ninguna palabra de mal agüero sea pronunciada, mientras rogamos que Júpiter, el hijo de Saturno, socorra nuestra necesidad».
Él habló; y todos aprobaron sus palabras. Luego los heraldos vertieron agua sobre las manos de los que estaban sentados. Los jóvenes coronaron de vino las copas y, en orden decoroso, pasaron las tazas repletas, distribuyendo a cada uno. Parte vertieron para los dioses, y en seguida bebieron según cada cual escogía, y entonces la embajada se apresuró a salir de la tienda de Agamenón. A cada uno Néstor el gerenio le habló por turno, y fijó sus ojos en cada uno con intensidad —más que en ningún otro, en Ulises—, con muchas recomendaciones para apartar al Pelida de su ánimo airado. Por la orilla del mar resonante marcharon, y mientras caminaban ofrecieron oraciones a Neptuno, el que abraza la tierra, para que sus palabras conmovieran el gran espíritu del Eácida.