combate cuerpo a cuerpo, golpeó la mejilla de bronce de su yelmo. Aquel yelmo con penacho fue partido por la enorme lanza y el brazo vigoroso, y donde el arma golpeó a Hipotoo, mezclado con sangre brotó el cerebro; la vida abandonó sus miembros; dejó caer de sus manos inertes el pie del valiente Patroclo, y junto al cadáver cayó de cabeza —lejos de los ricos campos de su Larisa, sin llegar a recompensar con tiernos cuidados en su vejez el amor de sus queridos padres; pues corta fue su vida, abatido por la lanza de Áyax, de alma grande.
Luego Héctor lanzó de nuevo su brillante lanza contra Áyax, que la vio venir, y apenas la esquivó. El arma hirió a Esquedio, el valiente hijo de Ífito, el más valiente de los focidios, cuya morada era la famosa Panopeo, donde gobernaba a muchos hombres. Bajo la clavícula lo atravesó, y pasó de parte a parte; la punta de bronce asomó por el hombro; al suelo cayó, y su armadura resonó con la caída. Entonces Áyax hirió al valiente Forcis, hijo de Fénops, en el ombligo. A través de la cota rompió el arma de