retirarse por miedo, ni buscar refugio entre la muchedumbre, puesto que él mismo había lanzado el desafío. Áyax, acercándose, alzó un pavés a modo de muralla, brillante de bronce y fuerte con siete pieles de buey. La hábil mano de Tiquio, diestro por encima de todos los hombres en la labor del cuero, lo había forjado en su hogar de Hila. Él fabricó para Áyax el escudo con pieles de cebados novillos en siete pliegues, y un octavo pliegue de bronce —el pliegue exterior—. Esto el telamonio Áyax sostuvo ante su pecho, al aproximarse, y dijo amenazante:—
«Ahora tú, Héctor, a solas frente a mí, aprenderás qué capitana hueste aquea es guiada, aparte de Aquiles —por poderoso que sea para romper escuadrones—, y de corazón de león que aún en las naves de proas puntiagudas en las que cruzó el mar abriga su cólera contra el pastor de pueblos: el hijo de Atreo. Pero tenemos quienes aún osan desafiarte, y son muchos. Que empiece el combate».
Le respondió entonces Héctor de el yelmo de crin:— «¡Oh, noble Áyax, hijo de Telamón, y príncipe entre tu pueblo!, no pienses tratarme como a un muchacho débil de brazos o a una mujer inexperta en las tareas de la guerra. Yo sé lo que son las batallas y las sangrientas refriegas, y cómo mover a diestra y siniestra el escudo de curtida piel y, sin fatiga, sostener el combate; cómo cargar a pie contra el enemigo con pasos que marchan al son guerrero, y cómo saltar al carro y proseguir la guerra con corceles veloces. Mas no con astucia busco herirte, valiente como eres, sino en abierta y leal batalla, si puedo».
Habló, y blandiendo su pesada lanza, la arrojó; y golpeó la placa exterior de bronce, que cubría las siete pieles de buey, el escudo de Áyax. A través del bronce y a través de seis pliegues de pieles, la irresistible lanza abrió su veloz camino, y en el séptimo se detuvo.