—Automedonte, el héroe, y su compañero Alcímo, a quien Aquiles tenía en gran estima después del muerto Patroclo— lo siguieron. Las mulas y los caballos desyugaron, y condujeron al heraldo de clara voz del anciano monarca adentro, y le mandaron sentarse. Luego del pulido carro sacaron el costoso rescate del cadáver de Héctor, salvo dos mantos, que apartaron junto con una hermosa túnica, para que su jefe pudiera dar el cuerpo cubierto para ser llevado a Troya. Y entonces llamó a las doncellas, mandándoles lavar y ungir al muerto, mas bien lejos de Príamo, no fuera que, al mirar a su hijo, el dolor en su corazón se alzara desenfrenado hasta la cólera, y Aquiles en su furia lo detuviera y transgrediera las leyes de Jove. Y cuando las fámulas terminaron, habiendo lavado el cuerpo y habiéndolo ungido con aceite, y envuelto un suntuoso manto y una túnica alrededor de los miembros, Aquiles lo levantó él mismo y lo colocó en unas parihuelas. Sus compañeros prestaron su ayuda, y lo alzaron al pulido carro. Cuando todo estuvo hecho, Aquiles gimió, y llamó por su nombre al amigo que tanto amaba, y dijo:
“Oh, mi Patroclo, no te enojes conmigo si en el Hades te enteras de que devuelvo a Héctor a su querido padre, pues acepto un rescate no indigno; pero de esto te cedo la parte que por justicia te toca”.
Así habló el guerrero semiodivino, y se retiró a su tienda, y ocupó el asiento principesco del que se había levantado, enfrente del de Príamo, a quien de este modo habló:—
—Ten a tus ruego, anciano, ya rescatado a tu hijo, y yace sobre su lecho fúnebre. Lo verás con la temprana aurora y te lo llevarás de aquí. Ahora rompamos nuestro ayuno, pues ni siquiera Níobe, la de áureos cabellos, se abstuvo de tomar alimento, aunque doce hijos perecieron en su palacio —seis jóvenes varones y seis hermosas hijas. A los hijos los mató Febo con las flechas de su arco de plata, irritado contra Níobe, mientras que Diana, reina de los arqueros, abatió a las hijas; pues la madre se atrevió a