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Libro XI

«Ya que llamáis a Antimaco vuestro padre, quien en la troyana asamblea una vez propuso que Menelao, a quien enviamos de embajador con Ulises el divino, no regresara a Grecia, sino que sufriera la muerte, vuestra sangre ha de pagar la culpa de vuestro padre».

Así habló el rey, y, clavando la lanza en el pecho de Pisandro, lo derribó del carro. Yacía boca abajo en el suelo. Hipóloco saltó y salió al encuentro de la espada. El Atrida cercenó sus manos y hundió el arma en su cuello, y arrojó la cabeza a rodar entre la multitud.

Y entonces dejó a los muertos y se lanzó a donde las filas estaban desordenadas; con él iban sus bien armados griegos; allí los que combatían a pie masacraban a la infantería en fuga; allí los jinetes abatían a los jinetes; los cascos de los corceles al tranco levantaban el denso polvo para oscurecer toda la llanura; mientras Agamenón animaba a los aqueos, y perseguía y mataba al enemigo.

Como cuando un fuego prende en un espeso bosque y el viento lo arrastra en torbellino, mientras los troncos caen con las ramas entre llamas devoradoras, así cayeron los troyanos en fuga por la mano de Agamenón. Muchos bridones de altas crines arrastraban ruidosamente sus carros vacíos entre las filas de la batalla, para nunca más llevar a sus aurigas, que yacían sobre la tierra convertidos en banquete de buitres, dolor para sus esposas.

Mas Zeus, allende el choque de las armas, el polvo, la carnicería, el estruendo y la sangre, se llevó a Héctor, mientras el Atrida en su persecución alentaba a grandes voces a los aqueos. Entre tanto, los troyanos huían por la llanura hacia la higuera silvestre que crece junto a la tumba del antiguo Ilo, hijo de Dárdano — ansiosos por alcanzar la ciudad—; y aún el hijo de Atreo los seguía, gritando, con las manos manchadas de sangre y cubiertas de polvo. Y al llegar a las puertas Escea y

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