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Libro XIV

está derruido; mas obstinadamente los griegos aún sostienen el combate junto a las naves, y ni aun tú podrías distinguir con tu aguda vista dónde las filas están más deshechas, tan confusamente caen, y el salvaje alboroto llega hasta el cielo. Consultemos entretanto qué aún puede hacerse, si el consejo de algo vale; mas no puedo aconsejar volver a mezclarnos en la contienda. No es conveniente que los hombres heridos peleen.

Y entonces el real Agamenón dijo:⁠— «Puesto que junto a nuestras naves, bajo sus mismas popas, baña el combate; puesto que el muro que construimos no sirve de nada, ni la trinchera por la que los griegos trabajaron y sufrieron, esperando que fuera una defensa segura para nosotros y para nuestra flota, es seguro que al Todopoderoso Júpiter le ha parecido bien que aquí los griegos, lejos de Argos, perezcan vergonzosamente; pues bien sabía yo cuando él se propuso ayudar a los griegos, y bien puedo percibir que ahora honra a los hombres de Troya como a los dioses bienaventurados, y encadena nuestro valor y nuestras manos. Escuchad mi consejo, y seguidlo. Bajemos las naves hasta el mar, y echémoslas a lo hondo, y amarrémuklas con ancoras, hasta que la noche solitaria llegue, cuando, si los troyanos pausan la guerra, tal vez podamos echar las otras barcas; pues quien huye del peligro, aun de noche, no merece reproche; y mejor es su destino el que huye del mal que aquel a quien el mal alcanza».

Entonces el sabio Ulises, con severa mirada, respondió:⁠— > “¡Qué palabras, Atrida, han escapado de tus labios! Hombre infeliz, debieras haber tenido el mando de algún ejército afeminado, y no del nuestro⁠—del nuestro a quien Júpiter, desde la juventud hasta la vejez, ha concedido llevar a cabo difíciles guerras, hasta que perezcamos. ¿Y habrías de marcharte entonces de Troya, la ciudad de anchas calles, por la que tanto y durante tanto

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