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Libro IX

ardides, partamos ahora, pues, según parece, el fin por el que vinimos no puede alcanzarse así, y debemos llevar con presteza la ingrata respuesta a los griegos, que aguardan sentados; mientras que en su pecho el implacable Aquiles alberga un fiero y altanero corazón, ni presta atención al reclamo de aquella estrecha amistad de sus capitanes, que en la flota aqueja lo ensalzó por encima de todos. ¡Inexorable ser! Incluso por la muerte de un hermano se paga un precio, o cuando un hijo es asesinado; el homicida mora en su hogar entre los suyos, habiendo pagado la expiación señalada. Aquel a quien se le ofrece la multa la acepta, y su sed de venganza se aplaca. Mas en tu pecho los dioses han prendido una ira inagotable, todo por una sola doncella; y he aquí, siete más te ofrecemos, de hermosura inigualable, junto con muchos presentes. Haz, pues, que tu ánimo se amanse: ten respeto por tu propio techo; pues somos huéspedes bajo él, enviados por todo el ejército reunido, y es grande nuestro deseo de ser tus más queridos y estimados amigos de entre todos los aqueos, por muchos que sean”.

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