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Libro V. Las hazañas de Diomedes

y tus hermanos, podíais defender la ciudad, sin ejércitos ni aliados. Ahora no veo a ninguno de ellos; todos, como sabuesos ante un león, se agachan y escapan sigilosos, mientras los confederados soportan el peso de la guerra. Yo no soy más que un auxiliar venido de lejos, de Licia, donde el Janto de torbellinos corre. Allí dejé a una esposa amada, y allí a un hijo lactante, y grandes bienes, tales como los pobres codician. Sin embargo, exhorto a mis licios al combate, y yo mismo querría enfrentarme a este enemigo de Troya, aunque no tengo aquí nada que los griegos puedan llevarse o arrebatar. Tú permaneces quieto, entre tanto, ni mandas a los demás que mantengan su posición y sostengan la batalla por sus esposas. Sin embargo, ten cuidado, no sea que, atrapados al fin en las fuertes mallas de una poderosa red, os halléis como cautivos y presa de enemigos que pronto destruirán vuestra ciudad de nobles pobladores. Estos son pensamientos que deben ocupar tu mente de noche y de día, y deberías suplicar a los jefes de tus aliados, llamados en tu ayuda desde lejos, que con hombría salgan al encuentro del enemigo, frustren su fiero ataque y alejen la causa de este reproche».

Habló Sarpedón; y Héctor, todo en armas, por sus palabras picado, y saltando de su carro, branddió sus lanzas, marchó entre las huestes y las llamó al combate. Terrible fue el choque que siguió. Los de Troya hicieron frente a los griegos: los griegos resistieron firmes, sin pensar jamás en la huida. Como cuando el viento esparce la paja por las sagradas eras mientras se aventa el trigo, y ante la brisa la rubia Ceres separa el grano de su ligera cáscara, que se amontona en blancos montones— así los griegos se blanquearon de polvo levantado en aquel tumulto por los cascos de los caballos y que subía al broncíneo firmamento, mientras hacia la lucha los aurigas de nuevo aguijaban a sus corceles. Con todo, los griegos resistieron el embate, y golpearon con fuerza los brazos. Entre tanto, el furioso Ares envolvió el campo en tinieblas, para favorecer a los hijos de Troya, y recorrió todas las filas, y bien cumplió el mandato que Apolo dio al dios que empuña la áurea falcata, ordenándole que

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