CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Página 455 de 601
Table of Contents

Libro XVIII

Allí también esculpió un amplio campo de blanda y rica tierra, tres veces arado, y por el cual caminaban muchos boyeros, guiando de aquí para allá sus bueyes, y cuando al regresar llegaban al confín del campo, el amo salía a su encuentro, poniendo en las manos de cada uno una copa de generoso vino. Luego volvían por los surcos, diligentes en alcanzar su lejano extremo. Todo oscuro tras el arado quedaban los terrones, una maravilla a la vista, como surcos reales, aunque grabados en oro.

Allí también, el artista colocó un campo que yacía hundido en trigo maduro. Con hoces en las manos los segadores lo cosechaban. Aquí los manojos caían sobre el suelo; allí los atadores los sujetaban firmemente con ligaduras y hacían gavillas. Tres atadores iban cerca de los segadores, y detrás de ellos los muchachos, trayendo en sus brazos los manojos recogidos,

atendían a los atadores. Con bastón en mano, el amo se encontraba entre ellos, junto a las gavillas alineadas, y en silencio se regocijaba. Mientras tanto, los criados debajo de un roble preparaban un banquete aparte; sacrificaban un buey cebón y lo aderezaban, mientras las doncellas amasaban la blanca harina para los segadores.

También grabó en el escudo una viña, hermosa, toda de oro, y cargada de densos racimos. Negros eran todos los racimos; las vides se sostenían en hileras de estacas de plata. Trazó alrededor una zanja azul y un seto de estaño. Había un solo sendero por el cual los vendimiadores podían ir a recoger la uva. Jovencitas y muchachos de tierna edad llevaban el dulce fruto en cestas. En medio de todos ellos, un joven extraía sonidos placenteros de su aguda arpa, y cantaba con voz suave a las cuerdas murmurantes. Danzaban a su alrededor, golpeando con pies rápidos el suelo, y cantaban y gritaban alegremente.

455