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Libro XXIII

la suerte del hijo de Néstor, Antíloco, salió saltando; y luego vino la suerte del rey Eumelo; y Menelao, poderoso con la lanza, tuvo la tercera suerte; Meriones fue el siguiente; y al más valiente de todos ellos, el hijo de Tideo, le tocó la última suerte y puesto. Permanecieron en formación, mientras Aquiles mostraba la meta a lo lejos sobre la llanura llana, y cerca de ella, como juez de la carrera, situó al divinal Fénix, que había sido el escudero de su padre, para observar con ojo crítico y traer un informe veraz.

Todos alzaron al mismo tiempo el látigo sobre sus corceles, y los golpearon con las riendas, y los animaron con vehementes gritos. Cruzaron la llanura, lejos de las flotas; bajo ellos se levantaba el polvo, una nube, una tempestad, y sus crines ondeantes Eran mecidas por el viento. Y ahora los carros tocaban la tierra, y ahora eran arrojados al aire. Erectos los aurigas se ponían, con el corazón latiendo, ansiosos de victoria, cada uno alentando a sus corceles, que volaban bajo el sudario de polvo.

Mas cuando invirtieron su rumbo y corrieron velozmente de vuelta al canoso abismo para cerrar el trayecto, bien relució la destreza de cada jefe. Pusieron sus caballos a la máxima velocidad, y entonces los corceles de pies ligeros que tiraban de Eumelo lo llevaron por delante del resto. Pero con sus corceles troyanos Diomedes vino después, tan cerca que parecía que habrían de montar el carro de en frente, y sobre la espalda y los amplios hombros de Eumelo golpeaba su vaho humeante; pues al correr sus cabezas se inclinaban sobre él. Y entonces Diomedes lo habría rebasado, o al menos habría hecho dudosa la victoria, de no haber golpeado Febo, en su enojo, de la mano del héroe el látigo brillante. Cayó, y a sus ojos brotaron lágrimas de indignación; pues ahora veía que los demás lo alcanzaban, mientras la velocidad de sus propios corceles, que ya no temían el azote, disminuía. Y con todo, la estratagema de Apolo no pasó desapercibida a Palas, quien alcanzó al pastor de pueblos, y le devolvió el látigo que había dejado caer, y puso en sus corceles nuevo

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