—¡Oh amigos!, ¡cuánto debemos todos admirar a este noble Héctor, poderoso con la lanza y terrible en la guerra! Hay algún dios siempre cerca de él, apartando el golpe de la muerte; a su lado, allí mismo, ahora mismo está Ares con la apariencia de un hombre mortal. Ceded, pues, y con los rostros hacia el enemigo retroceded, y no luchéis contra los dioses del cielo.
Aun mientras hablaba, la hueste troyana se acercaba, y Héctor dio muerte a dos guerreros diestros en las armas —Menestes y Anquíalo—, que habían acudido juntos en un carro a la guerra. La caída de ambos la vio Áyax, el hijo de Telamón, y se compadeció, y se acercó, y se detuvo, y arrojó su reluciente lanza. Esta hirió a Anfio, hijo de Sélago, quien, rico en tierras y bienes, moraba en P eso. En mala hora se sumó a la causa de Príamo y de sus hijos. A él, a la altura del cinto, lo hirió la lanza de Áyax, y le atravesó las entrañas. Con estrépito cayó, y al instante el poderoso Áyax se apresuró a despojarlo de la armadura, pero los troyanos le arrojaron sus puntiagudas lanzas que brillaban al volar, y muchas golpearon su escudo. Él apoyó el talón contra el caído, y del cuerpo extrajo su broncínea lanza, pero no pudo soltar del pecho la brillante cota, tan densa era la lluvia de armas y tal el cauto temor con que veía a los más valientes de los troyanos cercándolo, numerosos y fieros, y todos con las lanzas en ristre; y él, aunque fuerte y valiente y renombrado, expulsado del terreno, cedió ante una fuerza mayor.
Así bregaron los guerreros en aquel rudo combate, cuando el cruel destino impulsó a Tlepólemo, el gran y valiente hijo de Hércules, a enfrentarse a Sarpedón, poderoso como un dios. Y ahora, mientras avanzaban el uno hacia el otro —el hijo y el nieto de Jove, el que amontona las nubes—, así habló primero Tlepólemo a su enemigo:—
«Sarpedón, monarca licio, ¿qué te ha traído aquí, temblando de este modo y tan inexperto en la batalla?