uno con otro, pulido el conjunto y coronado la obra con oro. Para doblar aquel arco, el guerrero lo bajó y presionó un extremo contra la tierra. Sus amigos alzaron, entretanto, sus escudos ante su rostro, no fuera que los valientes hijos de Grecia levantaran sus lanzas contra él antes de que el campeón de su hueste, el belicoso Menelao, hubiera sentido la flecha. Entonces el licio apartó la cubierta de su aljaba, sacando una flecha bien provista de plumas que jamás había volado— causa de futuros dolores. Sobre la cuerda puso aquella flecha fatal, mientras hacía a Febo licio, poderoso con el arco, la promesa de sacrificar ante su altar una noble hecatombe de corderos primogénitos cuando regresara a su morada dentro de los sagrados muros de su Zeleia. Asiendo la cuerda del arco y el muesque de la flecha, los tiró hacia atrás, y obligó a la cuerda a encontrarse con su pecho, y a la punta de la flecha a encontrarse con el arco, hasta que el arco formó un círculo. Entonces chasqueó. La cuerda dio un sonido agudo; la saeta saltó con ansiosa prisa por alcanzar a la hueste.
Mas a ti, Menelao, los bienaventurados dioses, los inmortales, no te olvidaron; y primero la hija de Jove, recolectora de despojos, que se detuvo ante ti, desvió el dardo mortal. Como cuando una madre, mientras su hijo envuelto está en un dulce sopor, espanta a la mosca, así Palas apartó el arma de tu pecho, y la guió hacia donde los broches de oro sujetaban el cinto, y donde la malla de la coraza estaba doblada. Allí la amarga flecha golpeó el cinto, y pasó a través de su cerrado tejido, y quedó clavada en la bien forjada coraza, llegando incluso a la placa interior que junto a su piel llevaba el héroe —su guardia más segura contra la fuerza del arma— y la atravesó igualmente; y allí la saeta rasgó la parte inferior, y la oscura sangre brotó a chorros de la herida. Como cuando alguna dama caria o meonia tiñe con púrpura el blanco marfil, para formar un adorno