los sujetaban firmemente; ambas aseguradas con un solo cerrojo. Él llegó y se detuvo ante ellos; con los pies bien separados se detuvo, y empleó todas sus fuerzas para que su brazo pudiera lanzar el proyectil con acierto; y en el centro golpeó las puertas de doble hoja. El golpe arrancó las bisagras; pesadamente cayó la gran piedra hacia adentro: los portales estallaron; ni las barras resistieron el golpe; las vigas destrozadas cederion ante él; y el ilustre Héctor saltó al interior del campamento.
Su mirada era severa como la noche; Y terriblemente relucía la armadura de bronce que lo envolvía.
Con dos lanzas en la mano avanzó, y nadie salvo los dioses —una vez que su pie hubo tocado el suelo— pudo resistir su poder.
Sus ojos arrojaban fuego y, volviéndose a los suyos, les ordenó escalar el muro; y ellos obedecieron: unos por el muro, otros por la puerta esculpida, irrumpieron.
Los aqueos hacia sus amplias naves huyeron, y un estruendo terrible llenó el aire.