y cuyos miembros desfallecían por la fatiga, y sus corazones se afligían al ver a la hueste troyana invadir con estruendo el alto muro. Al contemplarlo, las lágrimas brotaban a torrentes de debajo de sus párpados; pocas esperanzas tenían de salvarse de la destrucción; pero cuando vino el que sacude las costas, reavivó de nuevo el espíritu de sus valientes falanges. Primero se dirigió a Teucro y a Leito, al héroe Peneleo y luego a Toas, a Deípiro, a Meriones, experto en la batalla, y a Antíloco, su igual, y de este modo los incitó con palabras aladas:—
¡Vergüenza os deba dar, jóvenes argivos! Puse mi confianza en vuestro probado valor para defender nuestra flota; pero si teméis afrontar el combate peligroso, ha llegado el día que nos verá caer vencidos ante los troyanos. ¡Oh, dioses! Mis ojos han visto un prodigio, un espectáculo extraño y terrible, que jamás hubiera creído que pudiera ser: los troyanos cerca de nuestras naves, ellos que, antaño, eran