Entonces dirá algún altivo troyano, saltando sobre la tumba de Menelao:
«¡Así en el porvenir pueda Agamenón vengar su ira, como la vengó aquí, adonde guio en vano a un ejército, y ahora se apresura a su hogar y a su propia tierra, con naves que no llevan botín y el valiente Menelao abandonado!»
¡Así dirá algún troyano; mas, antes de que llegue ese tiempo, que la tierra se abra para recibir mis huesos!»
El rubio Menelao, alegre, respondió:
«No lloréis, ni se alarmen los aqueos por mí, pues esta aguda flecha no ha hallado parte vital; antes de alcanzarla, el cinturón recamado, el faldón de debajo y la chapa forjada con arte por el armero quebraron su fuerza».
El rey Agamenón tomó la palabra y dijo:— «¡Querido Menelao! Ojalá así fuera, mas el médico debe explorar tu herida y con sus bálsamos calmar el amargo dolor». Luego, volviéndose hacia Taltabio, se dirigió al sagrado heraldo: «Apresúrate con toda velocidad, Taltabio;