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Libro IV

Entonces dirá algún altivo troyano, saltando sobre la tumba de Menelao:

«¡Así en el porvenir pueda Agamenón vengar su ira, como la vengó aquí, adonde guio en vano a un ejército, y ahora se apresura a su hogar y a su propia tierra, con naves que no llevan botín y el valiente Menelao abandonado!»

¡Así dirá algún troyano; mas, antes de que llegue ese tiempo, que la tierra se abra para recibir mis huesos!»

El rubio Menelao, alegre, respondió:

«No lloréis, ni se alarmen los aqueos por mí, pues esta aguda flecha no ha hallado parte vital; antes de alcanzarla, el cinturón recamado, el faldón de debajo y la chapa forjada con arte por el armero quebraron su fuerza».

El rey Agamenón tomó la palabra y dijo:⁠— «¡Querido Menelao! Ojalá así fuera, mas el médico debe explorar tu herida y con sus bálsamos calmar el amargo dolor». Luego, volviéndose hacia Taltabio, se dirigió al sagrado heraldo: «Apresúrate con toda velocidad, Taltabio;

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