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Prefacio

Las audiencias ante las cuales los rapsodas recitaban los libros de la Ilíada naturalmente dirían:

«Habláis de la toma de Troya; contadnos cómo fue tomada al fin. Aquiles, el más poderoso de los guerreros, según decís, debía morir poco después de la muerte de Héctor. Relatad la manera de su muerte y cómo fue recibida por los griegos y los troyanos. Describid sus funerales, como describisteis los de su amigo Patroclo y su adversario Héctor. Contadnos qué fue de Andrómaca, y de Astianacte, su hijo, y de toda la familia real de Príamo».

Así podemos suponer que, hasta que surgió Aristóteles para demostrar lo contrario, la fábula de la Ilíada debió de parecerle incompleta al público en general.

Permítame decir una palabra o dos sobre el personaje al que los críticos llaman el héroe de la Ilíada. Aquiles es maltratado por Agamenón, el general en jefe de los griegos, y hasta ahí cuenta con la simpatía del lector; pero no deja de ser un bárbaro feroz y, a medida que avanza la narración, pierde todo derecho

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