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Libro XXII

junto al frondoso Placos. Desde pequeño me crio allí —¡desdichado él y desdichada yo! ¡Ojalá no hubiera nacido jamás!— Tú descendes al Hades y a las profundidades de la tierra, y me dejas en tu morada, viuda e inconsolable. Tu hijo, un niño mudo al que dimos la vida los dos —¡padres infelices!—, no podrá tener tu amoroso cuidado ahora que has muerto, ni serte una alegría. Aunque sobreviva a la cruel guerra que los hijos de Grecia libran, duro y penoso será aún su destino en el porvenir; otros moverán sus linderos y harán suyos sus campos. El día en que un niño se queda sin padre lo deja sin amigos; con los ojos bajos deambula, y sus mejillas están bañadas de lágrimas. Va sin comer adonde se sientan los amigos de su padre, y a uno le tira de la capa, y de la túnica a otro. Alguien que se apiada de él le da un trago escaso, que solo le moja los labios, pero no el paladar; mientras otro niño, cuyos padres viven ambos, lo aparta de allí con golpes y ultrajes: "¡Fuera de aquí! Tu padre no está con nosotros en el banquete". Entonces a su madre viuda regresará Astianacte entre lágrimas, él que poco antes, mientras sentado en las rodillas de su padre se alimentaba con tuétano y la delicada grasa de los corderos, y siempre que sus juegos infantiles fatigaban al niño, y el sueño lo iba invadiendo, dormía, mullidamente acostado en un lecho y en los brazos de su nodriza, con el corazón en paz y saciado de delicias. Mas ahora tu hijo Astianacte —como los troyanos lo llaman porque tu valor guardaba muralla y torre—, retirado tu cuidado, sufrirá muchas cosas. Mientras que, lejos de los que te dieron la vida, junto a las espaciosas naves de Grecia, los gusanos inquietos harán un banquete de tu carne cuando los perros se hayan saciado. Tus vestidos aún permanecen en el palacio, primorosamente labrados y hermosos, tejidos por las manos de las mujeres; y a estos, ya que no habrás de ponértelos más, ni los vestirás en tu muerte, los quemaré con fuego ante los hombres y damas troyanas; y todos verán cuán gloriosamente estabas ataviado».

Entre llantos hablaba, y con su dueña lloraba la doncella.

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