de penacho errante dijo débilmente: «Te ruego por tu vida, y por tus rodillas, y por tus padres, no consientas que los perros me destrocen junto a las naves de los griegos. Acepta abundante cantidad de bronce y oro, que de buen grado mi padre y la reina, mi madre, darán como rescate. Envía a ellos mi cuerpo, para que los guerreros y las damas de Troya enciendan para mí la pira funeraria».
El de los pies ligeros, Aquiles, respondió con ceño fruncido:
«No, no me supliques de rodillas, cobarde, ni por mis padres. ¡Ojalá mi furia me impulsara a cortar tu carne en pedazos y devorarla, tal es el agravio que he recibido de ti! No habrá nadie que aparte de tu cabeza a los perros, ni aunque tus amigos troyanos traigan ante mí diez y veinte veces los dones ofrecidos, y prometan otros; ni aunque Príamo, nacido de Dardanio, envíe tu peso en oro. Tu madre no te pondrá sobre tu lecho fúnebre para llorar por ti, a quien dio a luz; sino que los perros y las aves de rapiña te destrozarán».