El ilustre Neptuno respondió con desdén:—
«En verdad, un discurso arrogante; procura por la fuerza apartarme de mi propósito, quien puede reclamar derechos iguales a los suyos, por grande que sea su poder. Somos tres hermanos —a quienes parió Rea—, los hijos de Saturno: Júpiter, y yo, y Plutón, regente del reino inferior. En tres partes se dividió todo lo existente, y cada uno recibió su herencia. Se agitaron los suertes; y a mí me tocó morar para siempre en el cano abismo; y Plutón tomó el sombrío reino de la noche; y, por último, Júpiter el amplio cielo, el aire y las nubes. Con todo, la tierra permanece, con el alto Olimpo, común a todos nosotros. Por tanto, no cedo a su voluntad, por grande que sea; y que se contente con su tercera parte. No puede asustarme con gestos de su brazo. Que insulte con amenazas a las hijas y a los hijos de sus propios amores, y les dicte ley, puesto que ellos por fuerza han de escuchar, y someterse con paciencia».
Entonces Iris, la de pies ligeros, volvió a hablar:—
«Oh, Neptuno de oscuro pelo, ¿llevaré de tu parte esta áspera y desafiante respuesta a Jove, o acaso aún cambiará? La mente prudente cede a la ocasión, y bien sabes tú que las Erinias aguardan al primogénito».
Habló entonces a su vez el dios que estremece las costas:— «Oh, diosa Iris, con sabiduría has hablado. Excelente cosa es cuando los mensajeros saben aconsejar bien. Pero en mi corazón y en mi alma surge un airado sentimiento de ofensa cuando él reprende con palabras