Y cualquiera que sea nuestra admiración por las amables y nobles cualidades de Héctor, y nuestra simpatía por los miles de inocentes que habitan en su populosa ciudad, no se puede negar que la intervención de los dioses en los asuntos de Troya conduce al fin a un gran resultado coherente con la justicia sustancial. Paris, el violador de las leyes de la hospitalidad, el adúltero y ladrón, es alojado, protegido y respaldado en Troya; el pueblo troyano se hace partícipe de su culpa; y al final comparte su castigo. Héctor, el pilar de su Estado, el adalid en quien ponen su confianza, es asesinado; y se nos permite, mediante predicciones, vislumbrar la inminente destrucción de Troya, y saber que el cetro del reino pasará de la casa de Príamo —cuyo hijo cometió el crimen que condujo a la guerra— y será empuñado por la posteridad del irreprochable Eneas.
Aquí dejo mi traducción en manos del público lector, el cual, si no la desprecia por completo, juzgará si me he acercado en algo al cumplimiento del propósito expuesto al principio de este Prefacio.
W. C. Bryant
Diciembre de 1869.