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Libro IX

has dado; entre los griegos no hay nadie que niegue lo que has dicho; sin embargo, no lo has dicho todo. Tus años son pocos — tan pocos, que podrías ser mi hijo menor—; y aun así hablas con sabiduría a los reyes de Grecia, y tu discurso es justo y recto. Ahora yo, que presumo de muchos más años que tú, hablaré de esto que aún queda, y nadie — ni siquiera Agamenón— desmentirá lo que aconsejo. Un infeliz sin lazos de sangre, un hombre sin ley y sin hogar, es quien se deleita en las contiendas civiles. Mas cedamos ahora a la oscura noche, y preparemos nuestros banquetes. Que los guardias se acuesten dentro de las trincheras que cavamos fuera del muro: sea esta la tarea de los jóvenes. Y tú, Atrida, comienza ahora tú, que eres supremo, y ofrece un festín a todos los jefes ancianos; te sentará muy bien: tus tiendas están llenas de vino, que naves de Tracia traen cada día a través del inmenso mar, y tú lo tienes todo listo, y una hueste de sirvientes. Entonces, cuando muchos se congreguen a la mesa, acudirás a aquel que te aconseje con más sabiduría; pues los griegos tienen urgente necesidad de prudentes consejos, cuando el enemigo tan cerca de nuestras naves enciende su multitud de hogueras. ¿Quién que las vea puede regocijarse? Esta noche salvará o destruirá a nuestra hueste”.

Habló. Todos escucharon y con agrado le obedecieron.

Salieron en armas los guardias, guiados por el caudillo Trasimedes, hijo de Néstor; por Ascálafo, que afirmaba ser hijo de Marte, y por su hermano Ialmeno; y por Deyíforo, a quien siguieron Afareo, Meriones y Licomedes, el noble hijo de Creonte.

Siete eran los jefes de los guardias; con cada uno marchaban en orden bélico cien jóvenes, que portaban largas lanzas; y cuando llegaron al espacio situado entre el foso y el muro, se sentaron, encendieron fuegos y prepararon su cena.

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