Y entonces Teucro disparó otra flecha contra Héctor, deseoso aún de herirle. Falló de nuevo el blanco, pues Febo apartó la saeta, pero hirió al auriga de Héctor, el valiente Arqueptólemo, cuando a la lucha se lanzaba, y le atravesó el pecho junto al pezón; del carro cayó, los corceles veloces retrocedieron y de sus miembros la vida y la fuerza se esfumaron. Un profundo dolor por su auriga caído ensombreció la mente de Héctor, mas, aunque afligido, lo dejó donde cayó, y al instante llamó a Cebriones, su hermano, que cerca estaba, para que subiera y tomara las riendas. Cebriones oyó y obedeció. Luego, del reluciente carro saltó Héctor con un fuerte grito, y asió una piedra pesada, y, empeñado en aplastarle, corrió hacia Teucro, quien de su aljaba había sacado una de sus más afiladas flechas, colocándola sobre la cuerda del arco. Mientras tendía el arco, el de fuerte brazo, Héctor, lanzó la piedra dentada, y lo hirió cerca del hombro, donde el cuello y el pecho se separan por la clavícula: un punto mortal. La cuerda del arco se rompió; el brazo cayó sin fuerza; de hinojos cayó el arquero, y dejó caer el arco. Entonces no dejó Áyax a su hermano caído en manos del enemigo, sino que caminó en torno a él, protegiéndole bajo su escudo, hasta que dos fieles amigos suyos —Menesteo, hijo de Equio, y Alástor, de noble cuna— se acercaron, lo tomaron en brazos y lo llevaron, gimiendo pesadamente, hacia las cóncavas naves.
Entonces Júpiter olímpico infundió de nuevo valor a las huestes troyanas, y estas empujaron a los aqueos hacia la fosa abierta. Llegó entonces Héctor, con furia en los ojos, entre los primeros guerreros. Como un can, seguro de su propia ligereza, ataca por detrás al león o al jabalí silvestre y le desgarra el ijares, mas lo observa con cautela cuando se vuelve, así Héctor seguía de cerca a los griegos de larga cabellera, y mataba siempre al último en huir.