El héroe despertó con furia fiera cual la de Marte al empuñar su lanza, o como una llama desoladora que arde en la ladera de un monte entre la espesura de un bosque denso. Sus labios estaban blancos de espuma; sus ojos bajo su entrecejo fruncido destilaban fuego; y mientras luchaba, temible sobre las sienes del héroe el yelmo se inclinaba.
Júpiter mismo envió ayuda desde su alto sitial, y colmó de honores y fama al héroe por encima de los otros jefes —y eso que eran muchos— pues su tiempo de vida había de ser breve.
Minerva ya mismo planeaba adelantar su último día, vuelto fatal por la fuerza del hijo de Peleo.
Y ahora se esforzó por romper las filas griegas, asaltando allí donde vio la multitud más densa y las mejores armas; aun así, en vano se esforzó con todo su valor. A través de las apretadas líneas no pudo romper; los griegos en sólidos escuadrones resistieron, como una roca que enorme y alta junto al mar gris soporta los embates de los vientos agudos y