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Libro II

“¡Padre! Te deleitas con muchos discursos, como antes en tiempos de paz, pero ahora es la guerra, una guerra inevitable y cercana. He visto muchas batallas, mas jamás he contemplado ejércitos tales y tan vastos como estos: en número semejantes a las arenas y a las hojas del verano. Marchan por la llanura, dispuestos a dar batalla bajo los muros de la ciudad. A ti, oh Héctor, te compete atender mi voz y mi consejo. Muchos son los aliados dentro de los muros de esta gran ciudad de Príamo, hombres de diversa raza y lengua. Que cada jefe de entre ellos alinie a sus compatriotas para la guerra y les dé órdenes para el combate venidero”.

Ella habló; y Héctor atendió y obedeció el consejo de la diosa; disolvió la asamblea; todos los troyanos corrieron a las armas, y se abrieron todas las puertas. Caballería e infantería salieron en tromba a la vez con tumultuosa prisa.

En la gran llanura ante la ciudad se yergue un túmulo de empinada subida por todas partes; los hombres lo llamaron Batiea, pero los dioses lo llamaron la tumba de la rauda Mirina; y aquí se congregaron los hijos de Troya y sus aliados.

El gran Héctor del refulgente casco, el hijo de Príamo, guio a la raza troyana. El ejército de mayor multitud estaba allí formado, y allí los más valientes, poderosos con la lanza.

Eneas congregó las huestes dardanias: el valiente hijo de Anquises. Venus dio a luz al guerrero de Anquises en las cumbres del Ida, donde el mortal amante conoció a la diosa. Sin embargo, no los gobernaba solo; dos jefes, los hijos de Anténor, Arqueloco y Acamante, compartían con él el mando, expertos en todas las múltiples artes de la guerra.

Los troyanos de Zeleia, hombres opulentos, que bebían las oscuras aguas del Esepo; sobre ellos mandaba Pándaro, el valiente hijo de Likaón, a quien el dios Apolo le dio su arco.

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