bronce, con un largo astil de madera de olivo pulida. Ambos golpearon a la vez. Pisandro desgajó, debajo de la cimera, el cono del penacho del hijo de Atreo, quien hirió, sobre la nariz, la frente de Pisandro, astillando los huesos. Ambos ojos sangrantes cayeron al suelo entre el polvo; él cayó; se retorció; el vencedor, avanzando, puso su talón sobre el pecho de aquel, le despojó de la armadura y, con jactancia, dijo:—
“Así dejaréis intacta la flota que trajo a los caballeros de Grecia, ¡oh hijos violadores de tratados de Ilión, nunca saciados de guerra!
Aun así, no os falta otra culpa y vergüencia más: ¡el agravio hecho a mí, perros! No habéis temido la cólera de Júpiter Hospitalario, que lanza el trueno y destruirá aún vuestra ciudad con todas sus torres; vosotros que, sin causa, os llevasteis a mi joven esposa y montones de riquezas, cuando ella os había dado la bienvenida como a nuestros huéspedes.
Y ahora buscáis quemar con fuego la flota con la que cruzamos el océano y matar a los héroes griegos. Aún os veréis forzados, por muy ávidos de batalla que seáis, a deteneros.