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Libro XXIV. El rescate del cadáver de Héctor

de aquellos a quienes amaban lloraban. El viejo rey, con muchas lágrimas, y revolcándose en el polvo ante Aquiles, lloraba a su valiente hijo. Aquiles se dolía por causa de su padre, y luego lloraba a Patroclo, y el sonido de la lamentación llenó la tienda. Por fin Aquiles, cuando sintió su corazón aliviado por las lágrimas, y que el fuerte dolor había agotado su fuerza, saltó de su asiento; luego, levantando de la mano al anciano, y compadeciéndose de su cabeza blanca y de su barba blanca, pronunció estas aladas palabras:⁠—

“¡Grandes han sido tus sufrimientos, infeliz rey! ¿Cómo pudiste atreverte a acercarte solo a la flota griega y mostrarte ante aquel que mató a tantos de tus valientes hijos? Tienen tus entrañas temple de hierro. Mas toma asiento, y dejemos que nuestros pesares, por mucho que nos aflijan gravemente, reposen un tiempo, pues el dolor entregado a sí mismo no reporta ningún bien. Los dioses ordenan que el destino del hombre sea el sufrimiento, mientras ellos están libres de inquietud. Junto al umbral de Jove se hallan dos vasijas con los dones destinados a los hombres. Una contiene los males; la otra, los bienes. Aquel a quien el Tonante se los concede mezclados, unas veces cae en la desgracia y otras se ve coronado de bendiciones. Pero el hombre a quien solo da los males queda expuesto a las injurias, y, perseguido por la cruel calamidad, vaga por la tierra fecunda, falto del amor de los dioses y de los hombres. Así concedieron los dioses pródigos dones a Peleo desde su nacimiento, pues sobresalía entre los mortales por su riqueza y su abundancia; reinaba sobre los mirmidones y, aun siendo mortal, le fue dada por esposa una diosa. Sin embargo, los dioses añadieron el mal al bien, pues no nació en su hogar una prole de hijos reales que le sucedieran en el trono. Un hijo de corta vida es el suyo, y ni siquiera yo estoy allí para cuidarle en su vejez; sino que permanezco aquí, lejos de mi patria, en Troya, y causando dolor a ti y a los tuyos.

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