cortando la suave túnica cerca del flanco, se clavó en la hermosa coraza. Paris se inclinó de lado ante él y escapó de su muerte. El Atrida desenvainó su espada de argénteos clavos, la alzó en alto y golpeó el yelmo de su enemigo. El arma, rota en cuatro fragmentos, cayó. Miró al ancho cielo, y exclamó de este modo:—
“¡Oh, padre Jove! De todos los dioses eres el más hostil. Yo esperaba vengar la afrenta que me hizo Paris, mas mi espada se ha roto en mi puño, y en vano arrojé de mi mano la lanza, que no causó herida alguna”.
Habló, y, precipitándose adelante, asió el casco de Paris por su cimera de crines de caballo, y giró y lo arrastró hacia los bien armados griegos. Bajo su tierno garguero, la banda bordada que sujetaba el casco a la barbilla lo estaba ahogando. Y ya se lo habría llevado Menelao, ganando gran gloria, si la hija de Jove, Venus, no hubiera percibido a tiempo su apuro. Rompió la tira de piel de buey; un casco vacío siguió a la mano poderosa; el héroe lo vio, lo blandió en lo alto y lo arrojó hacia los griegos, y allí sus compañeros lo tomaron. Él de nuevo se precipitó con su lanza de bronce para matar a su enemigo. Pero Venus —pues una diosa fácilmente puede obrar tales maravillas— lo rescató, y, envuelto en una espesa sombra, lo sacó del campo y lo puso en su aposento, donde el aire era dulce de perfumes. Luego se encaminó a llamar a Helena. En la alta torre la halló, en medio de una multitud de damas troyanas, y tiró de su perfumado peplo. Tomó la forma y los rasgos de una hilandera de lana, una anciana que solía peinar para ella la hermosa lana blanca en los salones de Lacedemonia, y la amaba mucho. Con tan humilde apariencia, la diosa Venus habló así a Helena:—
«Ven acá, Alejandro te llama; él se encuentra ahora en su aposento y en reposo, en su lecho esculpido; hermoso y ataviado con esplendor, no como quien acaba de regresar de un combate con un héroe, sino como quien se dispone a mezclarse en la danza coral, o, cuando la danza ha terminado, toma su asiento».