Él habló, y sus valientes palabras llevaron a cada corazón nueva fuerza y coraje. Palas levantó entonces la nube enviada por el cielo que velaba el combate, y todas las cosas se vieron a plena y clara luz a uno y otro lado, tanto allí donde yacían las galeras como donde luchaban los guerreros. Ellos contemplaron a Héctor, grande en la guerra, y a toda su hueste, tanto a los que formaban la retaguardia y no empuñaban sus armas como a los que combatían en primera línea junto a las naves. Y ya no le plugo más al alma del valiente Áyax permanecer en las densas escuadras con los demás griegos, sino que, marchando a grandes zancadas por las cubiertas de las galeras, portaba una pica marina de veinticulatro codos de largo, enorme y tachonada de clavos de hierro. Como cuando un hombre experto en saltar sobre corceles en carrera elige cuatro caballos de un numeroso hato, y por el camino real hacia una ciudad poblada los conduce, mientras hombres y mujeres en tropel contemplan sus proezas con asombro, al saltar él audazmente, sin caer, de corcel en corcel, y de vuelta otra vez, y todo el tiempo mientras corren, así por las encumbradas cubiertas de aquellas buenas naves, de nave en nave, iba Áyax volando, alzando su poderosa voz —un grito que llegó hasta el cielo—, y exhortaba a los griegos a defender su flota y sus tiendas. Ni se demoraba Héctor en aquellas armadas turbas de Troya, sino que, cual águila leonada se abalanza sobre una bandada de aves que buscan su alimento a la orilla de un río —gansos o grullas, o cisnes de largo cuello—, así Héctor, con ardiente prisa, saltó hacia una galera de proa azulada, mientras poderosamente el poder de Jove impulsaba al héroe hacia adelante e inflamaba a su hueste con valor. Ferozmente entonces, en torno a las naves, se renovó la lucha. Habrías dicho que ninguna fatiga de la guerra podía cansar aquellos brazos resueltos, con tanta terquedad combatían. En cada mente el pensamiento era este: los griegos estaban en la desesperación de ser salvados y creían que había llegado su hora de
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Libro XV. La quinta batalla junto a las naves
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