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Libro III

Y Helena, la más hermosa de las mujeres, respondió así:

«Querido segundo padre, a quien a un tiempo temo y honro, ¡ojalá la cruel muerte me hubiera arrebatado antes de partir para vagar con tu hijo, mi lecho nupcial, mi amada hija y la compañía de los amigos que amé! Mas eso no había de ser; y ahora me consumo y lloro. Sin embargo, te diré lo que preguntas. El héroe que ves es el de amplio imperio, Agamenón, hijo de Atreo, y es a la vez un rey clemente y un guerrero de lo más temible. Fue antaño cuñado mío, si es que puedo hablar —perdida como estoy para la vergüenza— de semejante vínculo».

Ella dijo, y el anciano lo aclamó, y después de nuevo habló:

«¡Oh, hijo de Atreo, nacido bajo un hado feliz y afortunado entre los hijos de los hombres! Un poderoso ejército de jóvenes griegos obedece tu mando. Fui a Frigia una vez —esa tierra de vides— y allí vi a muchos frigios, héroes de corceles veloces, las tropas de Otreus y de Mygdon, de apostura semejante a la de los inmortales. Acamparon junto al Sangario. Yo era un aliado; mis tropas se alinearon con las de ellos el día en que vinieron a la guerra las amazonas varoniles. ¡Y ni aun allí vi un ejército tal como este de griegos de ojos negros que aquí se agrupa!».

Entonces vio Príamo a Ulises, y preguntó:⁠— «Hija querida, dime también quién es aquel, menos alto que Agamenón, pero más ancho de pecho y de hombros. Sobre la tierra fecunda yace su armadura, mas él, de un lugar a otro, camina entre las filas de los soldados, como cuando el padre de los rebaños, de espeso vellón, se mueve por la multitud de sus blancas ovejas».

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