tumban y su espuma es arrojada a lo alto ante la ráfaga furiosa, así por la espada de Héctor cayeron las cabezas de la soldadesca griega; y hubiese habido ruina y estragos imposibles de reparar, y los griegos derrotados se habrían arrojado a sus naves, si Ulises no hubiera exhortado entonces así al tidida Diomedes:—
«¡Tidida! ¿Qué ha apagado en nuestros corazones su fiero valor? Ven, amigo mío, y toma tu puesto a mi lado; una afrenta ignominiosa sería nuestra si el de penacho Héctor hace de nuestra flota su botín».
Y así el valiente Diomedes respondió:— «Muy gustoso me pongo en pie y cumplo con mi parte en el combate; mas con escasa esperanza, pues Jove, el Dios de las tormentas, concede la victoria a Troya».
Habló, y con su lanza traspasó a Timbreo por el izquierdo pecho, y lo derribó del carro. Ulises entretanto abatió a Molión, el gallante compañero del príncipe. A estos los dejaron sin volver jamás a combatir, y se abrieron paso