Para mí no hay tesoro de bienes guardado por todo lo que he sufrido, arriesgando la vida en batalla. Como un ave lleva a sus polluelos sin plumas la comida que halla, aunque ella misma ayune, así he pasado yo muchas noches sin que me visite el sueño, y he pasado en combate muchos días sangrientos, luchando junto a estos guerreros por sus esposas.
Doce ciudades he asolado con mi flota, y con mis mirmidones he derribado once en esta fértil costa troyana. Muchos ricos despojos traje de ellas, y se los di al Atrida Agamenón.
Él, holgazaneando en su flota, los recibió todos; pocos distribuyó, y muchos se quedó. A jefes y príncipes en verdad les asignó premios, que ahora poseen. De mí solo de entre todos los griegos toma mi premio; toma a mi esposa, a quien tanto amaba;—y que se quede con la doncella.
Mas ¿qué necesidad hay de que los griegos hagan la guerra a los troyanos? ¿Por qué causa Agamenón, reuniendo desde nuestros reinos un ejército, lo condujo aquí? ¿No fue por