Al retirarse, el telamonio arrojó una piedra —pues piedras en multitud, que apuntalaban las naves, yacían alrededor y rodaban entre los pies de los que combatían—. Levantó una de estas e hirió a Héctor en el pecho, por encima del orbe del pavés y cerca del cuello. Lo hizo girar como a una peonza; cayó y dio tumbos por el suelo.
Como cuando bajo el golpe del padre Júpiter un roble cae tronchado de raíz, y de él emana un olor sofocante a azufre, y el corazón del que se halla presente y lo contempla desfallece de terror —pues es terrible el rayo del gran Júpiter—, así cayó el valiente Héctor a la tierra en medio del polvo; su mano dejó caer la lanza; su escudo y su casco cayeron con él, y su cota de brillante bronce resonó a su alrededor.
Entonces los griegos se lanzaron contra él, gritando ferozmente, pues esperaban arrastrarlo de allí; y muchas lanzas arrojaron; pero ni con venablo ni con estocada pudo herir nadie al pastor de pueblos, porque acudieron a su alrededor los más valientes de su hueste: Polidamante, Eneas, y el gran Agenor, y Sarpedón, el que guiaba las huestes de los licios, y el preclaro Glauco; estos se precipitaron en la lucha, mientras ninguno de los demás se abstuvo, sino que firmemente sostenían sus anchos escudos redondos ante él.
Entonces sus amigos lo alzaron en sus brazos y se lo llevaron, lejos del combate, hacia sus corceles de fuego que lo esperaban en la retaguardia de la batalla, con el auriga y el suntuoso carro; y estos lo llevaron a Ilión, gravemente doliente.