a nuestro interés. Su horrible súplica de que los griegos sean masacrados por millares hasta que aprendan a despreciar a un monarca que le ha hecho una ofensa personal, y su inhumano deleite por los estragos que los troyanos bajo el mando de Héctor causan entre ellos, hacen que nos apartemos de él con el horror y la aversión propios de una naturaleza egoísta y cruel que no se impone reserva ni freno alguno ante sus propios impulsos. Su cálido afecto por su gentil amigo y compañero, Patroclo, nos lo devuelve en parte al favor; pero su trato despiadado con los troyanos que le suplican clemencia, y su captura de doce jóvenes troyanos para degollarlos en la pira funeraria de Patroclo, como hace después a sangre fría, nos devuelven el disgusto; y cuando Héctor, con su voz moribunda, le advierte de su inminente muerte, el lector no tiene objeción alguna que ofrecer. Si Aquiles es el héroe del poema, el poeta no ha logrado obtener para él ni nuestra buena opinión ni nuestros buenos deseos.
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Prefacio
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