advertido bien, creo yo, que alguna divinidad amontona el desastre sobre nuestro hueste y da la victoria a los troyanos. Ha muerto— Patroclo—, el más valiente de los griegos, y grande es su pesar. Ahora date prisa hacia las galeras aqueas; hazle saber a Aquiles la nueva; tal vez él pueda llevar el cadáver, desnudo como está, incólume a la flota, pues el de crestado casco, Héctor, tiene las armas que llevaba puestas.”
Habló, y ante sus palabras Antíloco quedó horrorizado; en duelo demasiado grande para las palabras, las lágrimas llenaron sus ojos y su clara voz se ahogó.
Sin embargo, atendió al mandato. Deponiendo sus armas, se las dio a su amigo sin tacha, Laodoco, que con sus corceles de paso firme vino hacia su encuentro. Así dispuesto corrió; sus pies lo llevaron velozmente del campo de batalla a llevar la mala nueva al hijo de Peleo.
Pero Menelao, alumno de Jove, tu espíritu no te impulsó a quedarte y ayudar a tus