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Libro XXI

Entonces habló así el rey arquero, Apolo:

«No me tendrías por cuerdo si luchara Contigo, oh Neptuno, por mor de los hombres, Que florecen cual las hojas del bosque por un tiempo Y se alimentan de los frutos de la tierra para luego Marchitarse y perecer. Dejemos el campo, Y dejemos el combate a los ejércitos beligerantes».

Habló, y huyó, temiendo en armas ver⁠le a su tío; mas la silvestre Diana lo oyó⁠— su hermana, señora de las bestias que recorren los solares campos⁠— y con dureza le increpó así:⁠—

“Oh, poderoso Arquero, ¿higes y cedes la victoria a Neptuno, que se lleva una gloria barata? ¿Por qué portas ese arco inútil, vanidoso? Espero no volver a escucharte en los salones de nuestro padre ni, ante los inmortales, presumir de que habrás de luchar mano a mano con Neptuno”.

El dios arquero, Apolo, no respondió; mas así la esposa imperial de Júpiter, con indignación y palabras de reproche, reprendió a la diosa alcajurada de la caza:—

“¿Cómo es que osas, desvergonzada, resistirme? Te será difícil, aunque experta en arquería, igualar tu fuerza con la mía, aunque Jove te haya hecho entre las mujeres una leona, y aunque te otorgue el poder de matar a la que quieras de tu sexo; con todo, te será más fácil abatir a las fieras de la montaña y al ciervo del bosque, que combatir con tus superiores. Si decides probar el resultado del combate, despliega entonces tu fuerza contra mí, y se te enseñará cuán superior soy en poder de brazo”.

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