La imperial Juno, de grandes ojos, respondió:
«Decídete tú mismo, Neptuno, y salva a Eneas, o bien, a pesar de ser tan inocente, abándonalo para que perezca a manos del hijo de Peleo, Aquiles. Nosotras hemos jurado —Minerva y yo misma— no ayudar jamás en nada a los troyanos a escapar de su día de ruina, aunque la ciudad de Troya se hunda en el polvo entre llamas devastadoras, llamas encendidas por los belicosos hijos de Grecia».
Y luego Neptuno, el que estremece las costas, se lanzó a la batalla y en medio del choque de lanzas, llegó a donde estaban los jefes, Eneas y su poderoso enemigo, el hijo de Peleo. Al instante hizo surgir una oscuridad ante los ojos del hijo de Peleo, y del escudo de Eneas extrajo la lanza de asta de fresno y hoja de bronce, y la puso a los pies de Aquiles; y luego levantó en alto a Eneas del suelo y lo llevó lejos. Sobre la cabeza de muchos guerreros, y de muchos corceles enjaezados, voló Eneas, impulsado por el dios, hasta que alcanzó la retaguardia de aquella feroz batalla, donde los caucones se hallaban formados para la guerra. El que estremece las costas se acercó y le habló con aladas palabras:—
«¿Qué dios, Eneas, te impulsó a desafiar locamente al hijo de Peleo, que en fuerza te supera y es más caro a los dioses? Siempre que en armas lo encuentres, cede el paso, no sea que, contra la voluntad del hado, desciendas al Hades. Cuando él haya hallado su destino y perecido, podrás atreverte audazmente a enfrentar al primero de los enemigos; ningún otro de los griegos te quitará la vida».