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Libro XIV

palacio me alimentaron y criaron. Voy a poner fin a sus odiosas disputas, pues demasiado tiempo han sido extraños al lecho nupcial, airados el uno contra el otro. Ahora mis corceles, que aguardan para llevarme sobre tierra y mar, están al pie del Ida surcado de arroyos, y vengo a ti ahora, no sea que por ventura te enojes si a tus espaldas acudo allí donde el viejo Océano habita en sus abismos”.

El que amontona las nubes, Júpiter, le replicó:⁠— «En adelante, Juno, habrá tiempo para un viaje así; entretanto, consagremos esta hora al descanso y a la pasión. Jamás el amor de una diosa o de una doncella mortal había poseído y vencido mi corazón como ahora; ni siquiera cuando amé a la esposa de Ixión, que dio a luz a Pirítoo, prudente como un dios entre los consejeros; ni cuando amé a la hija de Acrisio, la de los delicados pies, Dánae, que engendró a Perseo, sobresaliente por encima de los otros jefes guerreros; ni cuando rapté al renombrado Fénix su hija, que más tarde dio a luz a Minos y a Radamanto. Jamás así amé a Sémele, ni a Alcmena, que en Tebas dio a luz para mí al Hércules de gran alma, mi valiente hijo, mientras Baco, delicia de los hombres, nacía de Sémele; ni tampoco amé así a Ceres, reina de cabello hermoso, ni a Latona, de gloriosa belleza, ni siquiera a ti, como ahora te amo, y entrego mi espíritu a la dulzura del deseo».

La imperial Juno respondió con astucia:⁠— «¡Importuno Saturnio!, ¿qué es esto que has dicho? Si en esta cumbre elevada del Ida nos recostamos, donde todo está a la vista por todas partes, ¿cómo será si alguno de los dioses sempiternos nos ve durmiendo y se lo anuncia a todos los demás? Yo jamás, al levantarme de allí, podría volver a entrar en tu palacio sino con vergüenza. Mas si en verdad hablas de acuerdo a tu deseo, tú tienes una cámara nupcial propia, que Vulcano, tu amado hijo, construyó para ti, ajustando a los postes las sólidas puertas; vayamos allí a reposar en su interior, ya que has manifestado tu voluntad».

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