Habló, y avivó el valor y el fuerzo de ellos, y al oír al rey, ordenaron sus filas con mayor cierre.
Como un arquitecto levanta, con piedras bien ajuntadas, el muro de una alta mansión, resguardo contra el viento, así de juntos estaban entonces los yelmos y los escudos abollonados; escudo se apoyaba en escudo, y yelmo en yelmo, y hombre en hombre, y sobre los relucientes cónicos yelmos las crines de caballo se rozaban unas con otras a cada movimiento, tan compactos se hallaban los escuadrones.
Dos héroes, noblemente armados, iban a la cabeza de ellos, Patroclo y Automedonte, y ambos tenían un solo pensamiento: combatir en la vanguardia.
Entrando en su tienda, Aquiles levantó la tapa de un hermoso cofre, primorosamente labrado, que la de argénteos pies, Tetis, puso a bordo de su nave, y llenó de túnicas, mantos bien forrados y vellosas alfombras. Allí guardaba también una copa ricamente cincelada, de la que ningún labio de hombre, salvo el suyo, podía beber el vino tinto oscuro, ni verterse vino a ningún dios que no fuera Jove, el poderoso Padre. Tomó esta en sus manos y la purificó primero con azufre, y luego la enjuagó con agua clara. Después, con las manos lavadas, esanció el vino tinto oscuro, y se quedó afuera, en el espacio abierto, y, vertiendo el vino, oró con los ojos vueltos al cielo, no sin ser escuchado por Júpiter, que empuña el rayo.
«¡Oh Júpiter dodonéo, pelasgo, soberano Rey, que habitas en lejanías y riges el invernal Dodón, donde habitan tus sacerdotes, los selos, de pies lavados jamás, que duermen sobre el suelo! Ya una vez escuchaste mi ruego, y me has honrado, y de manera terrible me has vengado de los aqueos. Concede aún esta única petición mía. Yo permaneceré entre las