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Libro XXII

“¡Caudillos y príncipes del ejército griego! Ya que nosotros, amigos míos, por favor de los dioses, hemos vencido al jefe que más daño nos causó a todos los demás, asaltemos la ciudad e investiguemos qué intenciones tienen los de Troya: si sus tropas abandonarán la ciudadela ahora que él ha muerto, o la mantendrán con mano firme, aunque Héctor ya no exista.

Pero ¿por qué pensar en planes como estos mientras Patroclo aún yace como un cadáver sin llorar ni enterrar junto a las naves? Jamás le olvidaré mientras viva y mientras estos miembros tengan movimiento. Aunque allá abajo, en el Hades, se olvide a los muertos, aun allí recordaré a mi amado amigo.

¡Ea, jóvenes de Grecia, avanzad y entonad un peán mientras, regresando a las naves, traemos con nosotros una gran gloria! Hemos dado muerte al noble Héctor, a quien, por toda su ciudad, los troyanos veneraban siempre como a un dios”.

Habló así, y, tramando en su mente ultrajar al noble Héctor, perforó los tendones de sus pies entre el talón y el tobillo; pasando por

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