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Libro XXIII

“Preséntese quien quiera disputar esto, y si suyos son campos amplios y ricos, esta masa le durará muchos años. El hombre que cuida de sus rebaños, o guía su arado, no necesita ser enviado al pueblo en busca de hierro; aquí lo tendrá”.

Él habló, y se levantó el belicoso Polipetes.

Se levantó el fuerte Leonteo, que en la forma era semejante a un dios. El hijo de Telamón se levantó también, y Epeo, de noble cuna; cada uno tomó su lugar.

Epeo agarró la masa, y la lanzó girando. Todos los aqueos rieron.

El amado de Marte, Leonteo, la arrojó después, y tras él el hijo de Telamón, el de largos miembros Áyac, desde su vigoroso brazo la envió más allá de la marca de ambos.

Pero cuando el fornido guerrero Polipetes tomó la masa en su mano, tan lejos como sobre sus bueyes un pastor arroja su bastón giratorio, tan lejos este lanzamiento superó al resto.

Se alzó un grito; los amigos del fornido Polipetes tomaron el premio, y lo llevaron a las cóncavas naves.

Aquiles trajo acero para los arqueros, templado para puntas de flecha —diez hachas, cada una de doble filo, y diez hachas simples— y de la proa cerúlea de una galera desmontó un mástil, lo erigió lejos sobre la arena y, atando la paloma temerosa por el pie a su cúspide, les ordenó que le apuntaran: «Quien golpee al ave se llevará las dobles hachas a su tienda; mientras que quien acierte al cordel, mas no al ave, se llevará las hachas simples, como premio más humilde».

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