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Libro XVI

Entre tanto, Patroclo, acicateando a sus corceles y al auriga, persiguió, para su propia desgracia, a troyanos y licios. ¡Insensato! Si entonces hubiera obedecido el consejo que el Pélida le dio, la amarga parca de la muerte no habría sido suya.

Pero más fuertes que los propósitos de los hombres son los de Jove, que pone en fuga al valiente y le quita la victoria, a pesar de haberlo impulsado a la batalla; y él ahora urgía a Patroclo a prolongar la lucha.

¿Quién primero, al decretar los dioses de tal modo tu muerte, cayó por tu mano, Patroclo, y quién el último? Adrasto primero, Autónoo después, y luego Equeclo; después murió Perimo, el hijo de Meges; luego cayó con Melanipo Epístor; a continuación fue vencido Elaso, y Mulio, y Pilartes. A estos mató, mientras todos los demás se daban a la fuga.

Entonces se habrían adueñado los griegos de Troya, con todas sus altas puertas, por la mano y el valor de Patroclo, pues su furia era terrible más allá de la furia de todos los que portaban la lanza, de no haberse apostado Apolo en una alta torre para amenazarlo con males y auxiliar a los troyanos.

Tres veces escaló Patroclo el saliente del alto muro, y tres veces Apolo, golpeando sus inmortales manos contra el brillante escudo, lo derribó; y cuando, por cuarta vez, el varón semejante a un dios intentó subir al muro, el dios arquero, Febo, le salió al paso con terribles amenazas:

“Noble Patroclo, detén tu mano, ni pienses que la ciudad de los troyanos guerreros está destinada a caer bajo tu lanza, ni por el brazo del hijo de Peleo, aunque sea mucho más poderoso que tú”.

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