—Oh amigos, héroes aqueos, ministros de Ares, sed hombres, recordad vuestra fama por el valor. ¿Acaso sois de los que sueñan que a vuestra espalda hay socorros esperándonos, o murallas más firmes que aún puedan protegernos? No, ninguna ciudad amurallada tenemos por refugio, flanqueada de torres desde las que nuevas tropas puedan ocupar nuestro puesto. Entre el mar y el país de los teucros bien armados yacen nuestras tiendas; nuestra patria está lejos; y ahora nuestra única esperanza de salvación que queda está en nuestras armas: no hay retirada.
Habló, y con su aguda lanza acometió con gran fuerza a cualquiera de los troyanos que, a instancias de Héctor, se acercaba con fuego para quemar las naves. En la hoja de esa larga lanza el héroe los recibió a medida que llegaban, y mató en combate cuerpo a cuerpo a doce ante la flota.