“Tomadme con vida, y obtendréis de mí un rescate: hay abundancia de bronce y oro y de acero bien labrado, de lo cual una parte principesca os entregará mi padre cuando tenga noticias de que estoy vivo en las naves de los aqueos”.
El astuto caudillo Ulises respondió así:—
«Anímate, y deja de pensar en la muerte, pero dime, y con verdad, por qué has venido a nuestras naves: ¿Acaso para despojar los cuerpos de los muertos? ¿Viniste, enviado por Héctor, como espía entre nuestras naves, o por tu propia voluntad?»
Y Dolo respondió, temblando aún de miedo: — Héctor, contra mi voluntad y para mi desgracia, me persuadió. Prometió concederme los corceles de firme paso y el carro cincelado en bronce, que llevan al ilustre hijo de Peleo, y me ordenó que, con la ayuda de la oscuridad, me acercara al enemigo y averiguara si custodiáis vuestras galeras como antes, o si, vencidos por nosotros, pensáis en la huida, y, cansados por las fatigas del día, habéis omitido establecer la acostumbrada guardia nocturna.
El hombre astuto, Ulises, sonrió, y dijo:— «En verdad, tu esperanza estaba puesta en dones principescos:— los corceles del belicoso Eácidas, difíciles de refrenar por manos mortales o de ser guiados por nadie, salvo por el hijo de Peleo en persona, a quien dio a luz una madre inmortal. Mas vamos, dime—y dime la verdad—dónde has dejado a Héctor, el caudillo del ejército, y dónde están depositadas sus armas belicosas; dónde se hallan sus corceles; dónde están los centinelas y dónde las tiendas de los otros jefes? ¿Sobre qué deliberan? ¿Permanecerán aquí junto a nuestras galeras, o meditan, ya que, según dicen, los griegos han sido vencidos, un retorno a Troya?».