Habló, y sacó del pecho el ceinto, bordado, multicolor, e infundido de todo encanto seductor —de amor, de deseo, de coqueteo y de dulce habla— que a hurtadillas vence la voluntad de la mente más sabia, y, poniéndolo en las manos de Juno, dijo:
“Este ceñidor multicolor, y todo cuanto en su interior habita, tómalo, y en tu seno escóndelo, y tú, según creo, no habrás de regresar dejando tu propósito sin cumplir”.
Así habló; la de grandes ojos y augusta Juno sonrió, y tomó, y sonriendo, en su seno colocó el ceñidor, mientras Venus, hija del Tronador, se encaminaba al palacio.
Juno emprendió su marcha desde el alto Olimpo, sobre el reino de Pieria y la rica Ematia, sobre la tracia criadora de caballos, de nevadas cumbres altísimas; sus pies no tocaron el suelo.
Desde el Atos descendió de repente sobre el mar tempestuoso, y llegó a Lemnos, morada del divino Toas. Y allí encontró al hermano de la Muerte, el Sueño, y tomó su mano entre las suyas, y de este modo le habló:—
“Oh Sueño, cuyo imperio rige a todos los dioses y a los hombres, si escuchaste alguna vez mi súplica, atiéndeme ahora, y te estaré eternamente agradecida. Cierra los gloriosos ojos de Jove bajo sus párpados en medio de nuestros abrazos, y por tu recompensa poseerás un suntuoso trono de oro imperecedero. Vulcano, mi cojo hijo, lo forjará para ti, adornará sus costados y pondrá abajo un escabel, sobre el cual tus brillantes pies descansarán al banquete.”
Entonces el apacible Sueño respondió, hablando de este modo:—